Las benzodiacepinas y su uso en situaciones especiales

Vamos a hacer referencia a aquellas situaciones clínicas en las que la administración de benzodiacepinas, a pesar de su elevado perfil de seguridad, debe realizarse con una supervisión más estrecha y con una individualización de la dosis de acuerdo con las características del paciente.

Los pacientes ancianos presentan una mayor sensibilidad a determinados efectos secundarios de las benzodiacepinas, como la ataxia y los cuadros confusionales, aumentando el riesgo de caídas y consecuentemente de fracturas óseas.

Los pacientes con disfunción hepática constituyen otro grupo de especial atención, ya que la eliminación de dichos fármacos se realiza por metabolización en el hígado a través de dos vías distintas: una de oxidación (fase I) y otra de conjugación (fase II). Como recomendación general deben indicarse dosis menos elevadas, así como aquellas que presentan una vida media corta y especialmente aquéllas que son eliminadas por conjugación, como son Lorazepam, Lormetazepam y Temazepam. En los pacientes ancianos se produce una reducción fisiológica de la capacidad de metabolización hepática, por lo que dichas recomendaciones también se aplican a este grupo de edad.

En pacientes sin patología respiratoria y en dosis habituales, las benzodiacepinas tienen un leve efecto depresor del sistema respiratorio a nivel central; la depresión respiratoria grave, de producirse, suele ser por la combinación con otros fármacos o drogas depresoras, como es el caso del alcohol, que actuarían potenciando dicha acción.

En los pacientes que presentan problemas respiratorios hay que tener en cuenta, en el momento de la prescripción de un tratamiento con benzodiacepinas, la posibilidad de este efecto depresor y, lo que es más importante, la supresión de la respuesta respiratoria a la hipoxia. Es por este motivo que las benzodiacepinas están contraindicadas, de forma general, en aquellos pacientes con patología respiratoria que retengan CO2, aunque la única contraindicación absoluta de dichos fármacos son los pacientes con síndrome de apnea del sueño.

A nivel práctico, el Lorazepam es la benzodiacepina más utilizada en pacientes con problemas respiratorios, aunque como alternativa, especialmente por su actividad como hipnótico, se pueden utilizar el hipnótico no-benzodiacepínico Zolpidem o el antidepresivo sedativo Trazodona, que carecen de efectos depresores sobre la respiración.

Aunque en recientes estudios se desestima la posible teratogenia de las benzodiacepinas (Capacidad para producir malformaciones en el feto), ya que con anterioridad su uso durante la gestación se había asociado a anomalías fetales tales como el paladar hendido o el labio leporino, la situación no está del todo clara, por lo que se recomienda actuar con prudencia y no usar estos fármacos durante el embarazo, y especialmente durante el primer trimestre. En el momento del parto, los hijos de madres que han consumido benzodiacepinas pueden presentar hipotonía (bajo tono muscular), depresión respiratoria e incluso síndrome de abstinencia, con mayor frecuencia si el consumo ha sido crónico. En lo referente a la lactancia, TODAS las benzodiacepinas se eliminan a través de la leche materna, por lo que es preferible evitar su uso durante este periodo, valorando individualmente cada caso y la gravedad del cuadro clínico, si es necesario suspender la lactancia materna y valorar métodos alternativos de alimentación, tratando de desculpabilizar a las madres que en ocasiones se encuentran presionadas por su entorno o incluso por el propio personal sanitario. Sin duda alguna, la lactancia materna ha demostrado su idoneidad en cuanto a métodos de alimentación neonatal se refiere, más la valoración personalizada del caso permitirá al recién nacido contar con una madre estabilizada en cuanto a su patología ansioso-depresiva, lo que sin duda es más importante para su desarrollo que la alimentación con leche materna per se.

 

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